Hilo se despide… con un cuento

¡Miau, Tela!

Hoy he soñado con el mar de hilo. Noto que me está llegando la hora de partir a buscar el océano. Necesito oir las olas.
Te he escrito uno de tus queridos cuentos para decirte adiós, uno que habla de despedidas sin pena. Espero que te guste.
fdo. Hilo

PD. Me llevo el Spectrum para poder seguir ayudándote a escribir en el blog, actualizar la página de Facebook y preparar la tienda de Artesanio. Intentaré estar de vuelta a tiempo para la fiesta.

Dedal, el cangrejo de seda roja

Érase una vez un mar de hilo dorado y suave, grueso como la lana. Todos los animales que vivían en él eran muñecos: ballenas de suave peluche azul oscuro, peces hechos de retales de mil colores, pulpos blanditos con sus tentáculos de esponja y bosques de coral compuestos por botones brillantes. Pequeños barcos de juguete hechos de madera y papel navegaban entre las olas esponjosas.

En una playa bañada por aquel mar de hilo vivía un tímido cangrejo de seda roja llamado Dedal. Dedal dormía durante el día y se despertaba cuando la marea estaba baja por la noche. Salía entonces a hacer castillos de arena y a escuchar las silenciosas canciones de la brisa. Una noche, bajo la claridad de la luna, Dedal vio un ser gigantesco emerger lentamente del hilo. Era una gran tortuga de trapo que se alejó de la orilla, cavó un profundo agujero y se tumbó encima. Dedal se quedó con la boca abierta; nunca había visto un espectáculo igual. Se acercó con sigilo y vio cómo del vientre de la tortuga salían cientos de diminutos huevos de algodón blanco. Cuando el animal terminó su labor, tapó el agujero con arena y volvió al mar. Dedal vigiló durante muchas noches, sabiendo que algo importante iba a suceder.

Por fin, una madrugada, la arena comenzó a abrirse y pequeñas tortugas de trapo verde asomaron poco a poco sus cabezas. Dedal corría frenético de un lado a otro, tirando de una aleta aquí, empujando una concha allá, ayudando a todas a salir al aire del nuevo mundo. Según salían, todas las crías se encaminaban sin dudarlo hacia la orilla, mientras repetían a coro: “¡Vamos hacia el mar, vamos hacia el mar!”. Todas menos una, que se quedó desorientada y temerosa. Dedal cogió su pata con suavidad (con su suavidad de seda) y la guió hasta la orilla. Mientras la cría, ya tranquila, se adentraba en el mar de hilo, Dedal escuchó la canción de la brisa y miró contento el despuntar del sol sobre el horizonte.

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